A finales del pasado verano yo aún vivía en las cercanías de Madrid y aún creía poder dedicarme profesionalmente a ser fotógrafa. Compaginándolo a lo mejor con algún trabajo ocasional de modelo, como los que siempre he utilizado para pagarme estudios y caprichos desde cría. Aunque solo han pasado unos pocos meses, desde este pequeño rincón de costa mediterránea donde he acabado refugiándome veo lejanísimas aquellas tardes perdidas en cualquier terraza de moda de la villa y corte, rodeada de amigas pijas. Es lo que tiene haber estudiado en colegios privados reservados a la "élite" (Y me refiero, claro, a la oligarquía económica, no a la élite intelectual y cultural que es para mí la única y verdadera élite), que una acaba metida entre un ramillete de herederas de familias de rancio abolengo y regulares fortunas, de lo más granado de Madrid. Para mucha gente serían buenos contactos que cultivar y aprovechar. Para mí, no, porque no me interesan los lugares donde te llevan esos contactos. A la mayoría las seguía viendo solo por curiosidad morbosa, me gusta comprobar el grado de mutación en que se hallan, el largo e inexorable proceso que las lleva a convertirse de seres humanos en réplicas a escala de sus descerebradas madres. También ellas me seguían invitando por curiosidad morbosa, queriendo saber mis nuevas rarezas, ya que siempre les sorprendo con alguna, y para ellas soy un bicho raro que examinar, con la curiosidad que un entomólogo dedicaría a una nueva y extraña especie de mariposa. Con poquísimas, solo aquellas que conservan limpia la mirada aunque la lleven siempre oculta bajo las Vuarnet, con esas mantenía cierta amistad, y hasta hablábamos, que ya es decir.

Una de aquellas tardes sofocantes de finales del verano pasado, estaba yo con tres de esas amigas en la lujosa cafetería de cierto hotel de postín cuando entró el padre de una de ellas acompañado de otro hombre, y al vernos nos saludaron. Hubo las inevitables presentaciones. No noté nada extraño, nada más allá de la algo obsoleta caballerosidad de un galán pasado de maduro. Pero al día siguiente mi amiga me llamó diciéndome que el amigo de su padre, viudo, le había pedido mi teléfono. Que si podía dárselo. No sé si me dejé dominar por la tendencia contestataria que me lleva a hacer siempre lo más inadecuado o por la autodestructiva que me lleva a hacer siempre lo más dañino para mí. Quizás la mezcla de ambas. Le dije que sí.

Me llamó a los dos días. Me pilló en mal momento, y quise despacharlo rápido. Le dije sin más preámbulo que si lo que quería era una copia de su fallecida esposa se equivocaba conmigo, que no pensaba cocinarle ni lavarle los calzoncillos a nadie, y menos a un señor que a buen seguro estaba ya muy acostumbrado a que las cosas se hicieran a su gusto y gana, forma que no quería yo aprender para complacerle. Impertérrito, se limitó a contestar que con dos criadas y cocinera tenía cubierto el servicio de su casa, que si quisiera una chacha habría puesto un anuncio, que había quedado prendado de mí (Empleó esa expresión, "prendado", ¿Cómo no salí corriendo en ese mismo momento?), y quería una oportunidad de darse a conocer, aún siendo evidente que yo no era el tipo de mujer que podría interesarse por un hombre de su edad. Era muy caballero, muy educado, un hombre que sabía modular perfectamente su voz y ordenar a la perfección el discurso. Un hombre al que yo no estaba acostumbrada, y que, la verdad, me interesó conocer algo mejor, aunque supiera desde esa primera conversación que iba a ser una locura.

El busto de Franco en bronce presidiendo el recibidor de su casa debió hacerme dar media vuelta y salir por donde había entrado, pero quedé tan anonadada que no pude ni supe reaccionar. Ni siquiera mis amigas pijas vivían en casas así, repletas de mármoles italianos, delicadísimos azulejos y detalles exquisitos. Y él, sinceramente, iba a juego con la casa. Un hombre con los setenta cumplidos, que sin aparentar ser más joven llevaba muy bien su edad, con discreción y elegancia. Un magnífico conversador con miles de anécdotas para explicar, con esa sabiduría que solo se aprende viviendo, y viviendo mucho y muy intensamente. La clase de hombre que a mí siempre me ha gustado, con el mínimo inconveniente de cuarenta años de más.

En tres meses me invitó a los mejores sitios y me ofreció un muestrario completo y exhaustivo de todo lo que el dinero puede comprar, que es mucho. Colgada de su brazo sin vergüenza ninguna he pisado comedores de restaurantes con estrellas Michelin y suites de Paradores Gran Lujo. Si las miradas matasen, habría caído muerta unas cuantas veces. Pero a eso ya estoy acostumbrada, y hasta me gusta, hasta disfruto provocándolas, desafiante, en los ojos vidriosos de esa amorfa masa aburguesada, bienpensante e hipócrita. En ningún momento de esos tres meses me pidió nada a cambio, solo mi compañía, y, si apuráis, mi conversación.

Una noche en cambio, no sé bien por qué motivo, todo fue totalmente diferente. Quizás mi vestido, demasiado corto, le había removido algún mecanismo interno que le tenía especialmente excitado. Quizás yo había bebido demasiado. Desde luego había bebido muchísimo, y se me había subido a la cabeza. Pero no estaba borracha, esa sería solo una excusa tan fácil como tonta que no utilizaré. Porque además no es cierta, sabía bien lo que hacía. Casi diría que era más consciente aún de mis actos que completamente serena. Me hallaba, como leí una vez, en ese estado de clarividencia que precede a la negación de toda evidencia... Me tomó la mano, y solo ese gesto hizo que se me erizara el cabello de la nuca. Rebosaba deseo, cargada de electricidad estática. Guié su mano hasta mi entrepierna, hasta debajo del dobladillo de mi falda, y la dejé reposar allí, en un lecho ardiente. Él me miró fijamente con una mirada que no le conocía aún y me preguntó si estaba segura. No me hizo falta responderle con palabras, solo acerqué mi cabeza la suya, y le besé por primera vez.

Paramos en un hotelito discreto de cierto pueblo de la sierra de Guadarrama. Dejé que me desnudara con sus propias manos, que me quitara despacio, disfrutando el momento, el vestido y la ropa interior, que se recreara en mi cuerpo desnudo. Acaricié su miembro viril, erecto por primera vez en mucho tiempo, según me confesó él mismo, mientras le besaba largamente, recorriendo las profundidades de su boca con mi lengua. Después, hicimos el amor. No diré que fuera el súmmum, pero sí que es un amante experto que conoce bien el cuerpo femenino, que con sus caricias logró llevarme suavemente, sin estridencias, a un buen orgasmo, y al que recompensé dejando que se corriera en mi boca, que vaciara su lefa por completo sobre mi lengua, gimiendo con toda la fuerza que le quedaba en sus pulmones, mientras tiraba sin darse cuenta de mi pelo como si fueran las bridas de un caballo desbocado.

A la siguiente mañana, cuando desperté, él ya estaba arreglado y vestido. Toda la magia que hubo entre nosotros, tanto nuestra camaradería de compañeros de viaje como nuestra intimidad de amantes, se rompió de golpe en solo treinta segundos. Los treinta segundos que tardó en sacar su billetera y dejar unos billetes sobre la mesita, a mi lado. De buena gana se los hubiera tirado a la cara. Pero no lo hice. No lo hice porque me dí cuenta que para él desde el principio yo ya era una puta, que así me había tratado aún antes de aceptar su dinero y que nadie más creería que lo hice por otra cosa que por esos billetes. A grandes males grandes remedios. No se podía hacer nada, no había otra respuesta. Me quedé los billetes y dejé que pensara lo que no es. O a lo mejor sí que lo es. A lo mejor soy de verdad una puta, como mi madre siempre pensó que acabaría siendo, y no se privaba de decírmelo. No lo sé. He dejado todo atrás, amigos, casa y familia, he huido de Madrid, me he buscado un rinconcito junto al mar, y aún así algunas noches no dejo de pensarlo. ¿Es esto ser puta? Porque si lo es, realmente es muy mal negocio.