Azarosa La vida es un juego de azar en el que sabemos de antemano que acabaremos perdiendo 2009-05-15T21:09:41+00:00
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Gastronomía the-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thing Azarosa http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/f/974e06ee7d4b8f034ebd6a237f94865c.jpg http://verena.espacioblog.com/post/2009/05/15/sola Sola 2009-05-15T21:09:41+00:00 2009-05-30T00:45:01+00:00 <p><strong>Estudio, lo llaman. Es una única estancia de treinta metros cuadrados en forma rectangular, con una raquítica cocina office en uno de sus extremos y un balcón en el otro. Al lado mismo de la cocina, un recibidor de apenas tres metros cuadrados, donde se hallan la puerta del piso y la del baño, joya del diseño minimalista: bidé, lavamanos, inodoro y plato de ducha distribuidos en el mismo exiguo espacio que ocuparía un armario empotrado. Y a esto lo llaman estudio. Es lo único que puedo pagar con mi sueldo, vale, lo asumo, tendré que vivir aquí mientras no me toque la lotería o se encapriche de mí un jeque saudí. Tampoco necesito mucho más, me fui de Madrid con lo puesto, pero por lo menos que no le pongan un nombre pomposo. Que lo llamen ratonera, que es lo que en realidad es.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>Llego sola a mi solitario pisito, me deshago de los zapatos al cruzar la puerta, camino descalza sobre el gastado gres de las viejas baldosas de forma hexagonal, y como si fuera la protagonista de una película porno me voy quitando la ropa a medida que me acerco a mi estrecha cama de soltera, hasta que al fin me dejo caer sobre la colcha azul claro, ya en ropa interior. Lo único bueno de mi vida actual, que puedo estar como quiera y hacer lo que me de la gana, porque estoy sola. Como siempre.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>Me quito el sujetador y ni miro donde cae cuando lo lanzo lejos, harta de llevarlo. Me acaricio, tratando de aliviar la irritación, la piel bajo los pechos, enrojecida y algo dolorida, y me prometo no volver a comprar sujetadores en los chinos por baratos que estén y bonitos que sean. Quedo dormida casi desnuda sobre la cama, y aunque hace buen tiempo me despierto al cabo de un rato completamente helada. Tengo que envolverme en la fina manta azul oscuro que conservo de mi último viaje en RENFE para dejar de tiritar.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>Pienso que tengo que hacer la cena, y cenar. Sola. Me puede la pereza, creo que ni cenaré, total para ver un rato la tele y acostarme no vale la pena molestarse.  Empieza a agobiarme el silencio, la sensación angustiosa de estar sola en el mundo. Pero tampoco hago nada por remediarlo, me he vuelto completamente antisocial. Hace poco que me instalé, mis amigas de siempre quedaron en Madrid, y no he hecho nuevas amigas. Bueno, sí, una, la Mala de hace dos posts. Pero tampoco es realmente una amiga, tenemos una relación bastante más confusa y ambigua, y además no puedo confiar en ella. Entre los compañeros de trabajo no hay buen ambiente como para organizar cosas juntos, y las lujuriosas proposiciones que regularmente me hacen los clientes me dan alergia, desde que me pasó lo que me pasó estoy obsesionada por no parecer una furcia.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>En algunas ocasiones durante estos meses, pocas, afortunadamente, he sentido que la angustia y la ansiedad me ganaban la partida, y he salido sola, evitando los sitios habituales en mi vida diaria. Me he ido a otras localidades, a antros para turistas. Allí me ponía hasta arriba, que me resulta fácil, porque siendo de siempre buena bebedora ahora con la medicación el alcohol me hace mucho más efecto, y tres copas ya me ponen bien borracha. Luego, pillado el punto en que todo da ya igual, simplemente me dejaba camelar del guiri más aparente de cuantos moscones me rondaran, y a follar a la playa. Nunca les dí mi nombre ni mis verdaderas señas, nunca supieron quién era yo ni de dónde había salido. Ninguno de ellos tuvo nunca la menor oportunidad. Me despertaba al siguiente amanecer, desnuda y rebozada en arena y fluidos corporales, y me largaba a toda prisa mientras el tipo seguía roncando con aspecto satisfecho.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>Me mezclo entre la gente, y me siento más sola aún. Y más irritable. Me molestan las risas y carreras de los niños pequeños, las voces de los padres llamándolos, los besos de los novios, los gestos de complicidad entre amigos, todo eso me repele, me hace sentir distinta y bastante peor a todos ellos. Me voy tan rápido como puedo de los lugares donde hay mucha gente, y si encima esa gente aparenta cierta felicidad ya hasta me baja la tensión. Paseo sola, me hago fotos yo sola, con la cámara en automático, como la que pongo abajo, y cuando el mundo se me hace insoportable me refugio en ésta mi pequeña cueva, y me desahogo en el teclado del ordenador.</strong></p> <p><strong> </strong></p> <p><strong>Sola. Siempre sola.</strong></p> <p><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/VUU031.jpg" alt="" /></p> Azarosa http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/f/974e06ee7d4b8f034ebd6a237f94865c.jpg http://verena.espacioblog.com/post/2009/05/11/puta Puta 2009-05-11T19:39:53+00:00 2009-05-30T00:39:13+00:00 <p><strong>A finales del pasado verano yo aún vivía en las cercanías de Madrid y aún creía poder dedicarme profesionalmente a ser fotógrafa. Compaginándolo a lo mejor con algún trabajo ocasional de modelo, como los que siempre he utilizado para pagarme estudios y caprichos desde cría. Aunque solo han pasado unos pocos meses, desde este pequeño rincón de costa mediterránea donde he acabado refugiándome veo lejanísimas aquellas tardes perdidas en cualquier terraza de moda de la villa y corte, rodeada de amigas pijas. Es lo que tiene haber estudiado en colegios privados reservados a la "élite" (Y me refiero, claro, a la oligarquía económica, no a la élite intelectual y cultural que es para mí la única y verdadera élite), que una acaba metida entre un ramillete de herederas de familias de rancio abolengo y regulares fortunas, de lo más granado de Madrid. Para mucha gente serían buenos contactos que cultivar y aprovechar. Para mí, no, porque no me interesan los lugares donde te llevan esos contactos. A la mayoría las seguía viendo solo por curiosidad morbosa, me gusta comprobar el grado de mutación en que se hallan, el largo e inexorable proceso que las lleva a convertirse de seres humanos en réplicas a escala de sus descerebradas madres. También ellas me seguían invitando por curiosidad morbosa, queriendo saber mis nuevas rarezas, ya que siempre les sorprendo con alguna, y para ellas soy un bicho raro que examinar, con la curiosidad que un entomólogo dedicaría a una nueva y extraña especie de mariposa. Con poquísimas, solo aquellas que conservan limpia la mirada aunque la lleven siempre oculta bajo las Vuarnet, con esas mantenía cierta amistad, y hasta hablábamos, que ya es decir.</strong></p> <p><strong>Una de aquellas tardes sofocantes de finales del verano pasado, estaba yo con tres de esas amigas en la lujosa cafetería de cierto hotel de postín cuando entró el padre de una de ellas acompañado de otro hombre, y al vernos nos saludaron. Hubo las inevitables presentaciones. No noté nada extraño, nada más allá de la algo obsoleta caballerosidad de un galán pasado de maduro. Pero al día siguiente mi amiga me llamó diciéndome que el amigo de su padre, viudo, le había pedido mi teléfono. Que si podía dárselo. No sé si me dejé dominar por la tendencia contestataria que me lleva a hacer siempre lo más inadecuado o por la autodestructiva que me lleva a hacer siempre lo más dañino para mí. Quizás la mezcla de ambas. Le dije que sí.</strong><strong></strong></p> <p><strong>Me llamó a los dos días. Me pilló en mal momento, y quise despacharlo rápido. Le dije sin más preámbulo que si lo que quería era una copia de su fallecida esposa se equivocaba conmigo, que no pensaba cocinarle ni lavarle los calzoncillos a nadie, y menos a un señor que a buen seguro estaba ya muy acostumbrado a que las cosas se hicieran a su gusto y gana, forma que no quería yo aprender para complacerle. Impertérrito, se limitó a contestar que con dos criadas y cocinera tenía cubierto el servicio de su casa, que si quisiera una chacha habría puesto un anuncio, que había quedado prendado de mí (Empleó esa expresión, "prendado", ¿Cómo no salí corriendo en ese mismo momento?), y quería una oportunidad de darse a conocer, aún siendo evidente que yo no era el tipo de mujer que podría interesarse por un hombre de su edad. Era muy caballero, muy educado, un hombre que sabía modular perfectamente su voz y ordenar a la perfección el discurso. Un hombre al que yo no estaba acostumbrada, y que, la verdad, me interesó conocer algo mejor, aunque supiera desde esa primera conversación que iba a ser una locura.</strong></p> <p><strong>El busto de Franco en bronce presidiendo el recibidor de su casa debió hacerme dar media vuelta y salir por donde había entrado, pero quedé tan anonadada que no pude ni supe reaccionar. Ni siquiera mis amigas pijas vivían en casas así, repletas de mármoles italianos, delicadísimos azulejos y detalles exquisitos. Y él, sinceramente, iba a juego con la casa. Un hombre con los setenta cumplidos, que sin aparentar ser más joven llevaba muy bien su edad, con discreción y elegancia. Un magnífico conversador con miles de anécdotas para explicar, con esa sabiduría que solo se aprende viviendo, y viviendo mucho y muy intensamente. La clase de hombre que a mí siempre me ha gustado, con el mínimo inconveniente de cuarenta años de más.</strong></p> <p><strong>En tres meses me invitó a los mejores sitios y me ofreció un muestrario completo y exhaustivo de todo lo que el dinero puede comprar, que es mucho. Colgada de su brazo sin vergüenza ninguna he pisado comedores de restaurantes con estrellas Michelin y suites de Paradores Gran Lujo. Si las miradas matasen, habría caído muerta unas cuantas veces. Pero a eso ya estoy acostumbrada, y hasta me gusta, hasta disfruto provocándolas, desafiante, en los ojos vidriosos de esa amorfa masa aburguesada, bienpensante e hipócrita. En ningún momento de esos tres meses me pidió nada a cambio, solo mi compañía, y, si apuráis, mi conversación.</strong></p> <p><strong>Una noche en cambio, no sé bien por qué motivo, todo fue totalmente diferente. Quizás mi vestido, demasiado corto, le había removido algún mecanismo interno que le tenía especialmente excitado. Quizás yo había bebido demasiado. Desde luego había bebido muchísimo, y se me había subido a la cabeza. Pero no estaba borracha, esa sería solo una excusa tan fácil como tonta que no utilizaré. Porque además no es cierta, sabía bien lo que hacía. Casi diría que era más consciente aún de mis actos que completamente serena. Me hallaba, como leí una vez, en ese estado de clarividencia que precede a la negación de toda evidencia... Me tomó la mano, y solo ese gesto hizo que se me erizara el cabello de la nuca. Rebosaba deseo, cargada de electricidad estática. Guié su mano hasta mi entrepierna, hasta debajo del dobladillo de mi falda, y la dejé reposar allí, en un lecho ardiente. Él me miró fijamente con una mirada que no le conocía aún y me preguntó si estaba segura. No me hizo falta responderle con palabras, solo acerqué mi cabeza la suya, y le besé por primera vez.</strong></p> <p><strong>Paramos en un hotelito discreto de cierto pueblo de la sierra de Guadarrama. Dejé que me desnudara con sus propias manos, que me quitara despacio, disfrutando el momento, el vestido y la ropa interior, que se recreara en mi cuerpo desnudo. Acaricié su miembro viril, erecto por primera vez en mucho tiempo, según me confesó él mismo, mientras le besaba largamente, recorriendo las profundidades de su boca con mi lengua. Después, hicimos el amor. No diré que fuera el súmmum, pero sí que es un amante experto que conoce bien el cuerpo femenino, que con sus caricias logró llevarme suavemente, sin estridencias, a un buen orgasmo, y al que recompensé dejando que se corriera en mi boca, que vaciara su lefa por completo sobre mi lengua, gimiendo con toda la fuerza que le quedaba en sus pulmones, mientras tiraba sin darse cuenta de mi pelo como si fueran las bridas de un caballo desbocado.</strong></p> <p><strong>A la siguiente mañana, cuando desperté, él ya estaba arreglado y vestido. Toda la magia que hubo entre nosotros, tanto nuestra camaradería de compañeros de viaje como nuestra intimidad de amantes, se rompió de golpe en solo treinta segundos. Los treinta segundos que tardó en sacar su billetera y dejar unos billetes sobre la mesita, a mi lado. De buena gana se los hubiera tirado a la cara. Pero no lo hice. No lo hice porque me dí cuenta que para él desde el principio yo ya era una puta, que así me había tratado aún antes de aceptar su dinero y que nadie más creería que lo hice por otra cosa que por esos billetes. A grandes males grandes remedios. No se podía hacer nada, no había otra respuesta. Me quedé los billetes y dejé que pensara lo que no es. O a lo mejor sí que lo es. A lo mejor soy de verdad una puta, como mi madre siempre pensó que acabaría siendo, y no se privaba de decírmelo. No lo sé. He dejado todo atrás, amigos, casa y familia, he huido de Madrid, me he buscado un rinconcito junto al mar, y aún así algunas noches no dejo de pensarlo. ¿Es esto ser puta? Porque si lo es, realmente es muy mal negocio.</strong></p> <p><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/VUU221.jpg" alt="" /></p> Azarosa http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/f/974e06ee7d4b8f034ebd6a237f94865c.jpg http://verena.espacioblog.com/post/2009/05/11/mala Mala 2009-05-11T13:22:27+00:00 2009-05-11T13:23:36+00:00 <p><strong><img class="imgcen" src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/D230.jpg" alt="" /></strong></p> <p><strong><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/D231.jpg" alt="" /></strong></p> <p><strong>Comprendo lo que te pasa, que no hace tanto que yo también pasé los mismos trances. Lo que no comprendo es que sigas aparentando que no ocurre nada, cuando todo tu mundo se derrumba. Ya sé que es jodido, justo cuando más madura quieres ser o por lo menos aparentar que eres, sentirte como una niña perdida en el bosque de caperucita, sin saber siquiera si es peor el lobo que el leñador. Ya te lo he dicho, comprendo perfectamente lo que te pasa, te has perdido en algún punto entre la niña que fuiste y la mujer que esperabas ser. La mierda de la indefinición, si ya lo sabemos todas. Oye, pero calma, no estás sola en el camino, como otras. Ahora te estorba esa compañía, pero créeme, dentro de unos años la añorarás, y querrías haberla conservado siempre junto a ti. No me mires con esa cara de suficiencia, bonita, que te aseguro que así será. Sí, claro, parezco una abuela contando batallitas. No me vas a molestar con eso, si a los siete años teníamos la misma edad, la seguiremos teniendo ahora, nena.</strong><strong></strong></p> <p><strong>Que en tu pareja todo es guerra. Que aprovechas cualquier ocasión para socavar y sacudir las normas no escritas que hasta ahora regían vuestra convivencia. Pues como todas las rupturas anunciadas, a ver si te crees tú que has descubierto algo. Vistes de lolita solo porque es el estilo que más le jode a él, y te ofreces a posar para mí solo por fastidiarle, porque malpiense de nosotras - Cómo te gusta eso de provocarle conmigo, de que tengamos esta relación morbosa y ambigua - y de cualquier cosa que hagamos juntas, sobre todo si para hacerla te vistes de putilla adolescente. Que ese no es tu estilo. Que sé yo de buena tinta que eres mucho más clásica que toda esta parafernalia de camisetas transparentes y falditas de cuadros escoceses, que te han visto, que me lo han contado, que yo vuelvo de donde tú aún no sabes cómo llegar... Bien está que escandalices a tu envarado marido (Que siempre que me mira parece que acabe de tragarse un palo de escoba enterito), pero conmigo no juegues a la diva glamorosa, que no te va nada. A mí si quieres enséñame el último tatuaje que te has hecho, pero no me baciles que nadie, ni tu marido, te lo ha visto aún, que ya sé yo quién y cuando se tomó un buen rato en admirar esa y otras partes de tu anatomía. Ahórrate conmigo fingimientos y disimulos. Recuerda que el odio y la rabia que te queman por dentro me abrasaron a mí mucho antes.</strong></p> <p><strong>Vidas paralelas. Qué me vas a contar si nos conocimos de niñas. Sé que nunca tendré una hermana con la que jugar, pero si la tuviera me gustaría que fuera exactamente como tú, psicótica, drogadicta, suicida, rabiosa y autodestructiva. ¿Quieres ser mi hermana? Dí que sí, dilo solo una vez, y te enseñaré cosas que sé que ya intuyes. Te enseñaré a disfrutar de todos los matices gastronómicos de ese sabor embriagadoramente dulzón de la sangre derramada. Esa sangre que fluye de los cortes en tus brazos y que de momento te limitas a lamer tímidamente, como con miedo de que te guste. Y te gustará, querida. Vaya si te gustará.</strong></p> <p><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/D233.jpg" alt="" /></p> <p><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/D234.jpg" alt="" /></p> Azarosa http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/f/974e06ee7d4b8f034ebd6a237f94865c.jpg http://verena.espacioblog.com/post/2009/05/11/primavera Primavera 2009-05-11T12:38:07+00:00 2009-05-11T12:38:07+00:00 <p><strong>Claro, primavera, qué bien.</strong></p> <p><strong>La naturaleza y lo osos se despiertan. Los árboles florecen. La sangre se altera.</strong></p> <p><strong>Sobre todo eso, sí, se altera la sangre.</strong></p> <p><strong>Hay que destaparse. Mostrar los brazos, tal vez los hombros, dejar a la vista los tirantes del sujetador, subir la falda por encima de las rodillas. Desnudar esa piel pálida y tímida de unas piernas hasta ahora cubiertas siempre por medias o pantalones.</strong></p> <p><strong>Mira qué bien, que alegría para la vista, que goce de los sentidos, que estallido, oyes.</strong></p> <p><strong>Debe ser por eso que así estoy yo como estoy. A punto de estallar.</strong></p> <p><strong>Si toca desprenderse de las capas de ropa con que nos protegíamos del invierno, pues nos las quitaremos. Volveremos a dejar al aire las extremidades, a lucir palmito, a probar nuestra constancia en la operación bikini. Hasta ahí, vale, pero que nadie me venga con odas a la vida pastoril,  interludios románticos ni juegos florales. Para descansar una tarde de mayo prerfiero, tal y como cuando me hicieron la foto, la lúgubre tranquilidad del cementerio.</strong></p> <p><strong>O eso, o empezar a escribir este blog enfermizo. No sé cual de las dos cosas será peor.</strong></p> <p><img src="http://s3.amazonaws.com/lcp/verena/myfiles/VUU219.jpg" alt="" /></p>